viernes, junio 22, 2007

Dylan...

Cualquiera puede suponer que Bob Dylan no necesita premios. Y es razonable. Ese hombre parco cuya obra es faro inevitable de artistas de cualquier nacionalidad, de cualquier lengua, de cualquier edad, de cualquier cultura, no necesita el Príncipe de Asturias. Sin embargo, resulta una nueva excusa para resignificar una obra que no puede despegarse de la historia de nuestro tiempo.

Es que Robert Allen Zimmerman ocupa un lugar único, desconocido para el resto de los mortales, aun cuando éstos puedan recibir distinciones de todo tipo. No se trata ya de enumerar sus grandes discos, sus canciones memorables, las fechas que marcaron algunas de sus reinvenciones. Con elementos mínimos, sutiles, unas pocas notas musicales y las mismas palabras que se utilizan cotidianamente, Zimmerman inventó a Dylan, y Dylan, desde entonces (desde 1962, en que editó su primer álbum), se reinventó una y otra vez, incansablemente.

Creó su propia mitología, y por más que sepamos de memoria sus canciones o tengamos más o menos alguna idea de su devenir artístico, como cuando horrorizó al mundo folk con una guitarra eléctrica, o cuando despegó de ser el icono de la canción de protesta, o cuando cambió de religión, o cuando vuelve a sacar un gran disco, o cuando sube al escenario con menos onda que un renglón pero cala los huesos... sigue siendo ese desconocido que todos conocen.

Hijo dilecto del encuentro de la música popular norteamericana y el movimiento beatnik, Dylan es esa figura sin la cual no existiría mucho de lo que hoy es un hecho. Hasta les hizo descubrir a los Beatles (y, por lo tanto, a todos) que no existen los límites temáticos en una canción. Y, por primera vez, hizo pensar seriamente en que un poeta podía ser un cantante popular.

Dylan no es importante porque vendió algunos hits: compuso canciones. No hizo discos: realizó obras. Más allá de algunos discos que hoy suenan confusos en su carrera, el viejo Bob nunca hizo lo que esperaban sino lo que quiso. Hace ya 45 años que Dylan se reinventa y, así, reinventa el sitial donde sólo él puede moverse.

Y nada ayuda a descubrir su secreto. Ni las películas ni las ediciones de archivo ni su libro Crónicas permiten descubrir qué hay detrás del personaje. Y eso es tanto parte del encanto como de su talento. No en vano es propuesto cada año (desde hace ya tiempo) como candidato al Nobel. ¿Por qué no habría de merecerlo?

Dylan ya no tiene un tiempo de pertenencia. Ya no es de los 60 ni de hoy. Es de siempre y es de todos. A los 66 años, cuando todos pensamos en el retiro, el viejo Bob no descansa. Sale de gira; hace un excelente álbum como Modern Times ; escribe; filma; deja que las cosas sucedan.

En un mundo desquiciado, violento, mentiroso, existe Bob Dylan. Y -¿quién sabe?-, tal vez sea uno de los que salvan a la humanidad. Por eso, tal vez, Dylan no necesite el Príncipe de Asturias, pero nosotros necesitamos a Dylan.

Descarga su último disco, Modern Times:




Dylan y Scarlett... ¿Se puede pedir más?

2 comentarios:

Jesús dijo...

Dylan es de lo mejor que le ha pasado a la música. Un genio de pequeño tamaño pero de enorme carisma que nunca se calló cuando vio alguna injusticia, y todo lo puso en sus canciones.

Uno de mis ídolos, sin duda.

Super yo dijo...

Lo mejor es seguir teniendolo, seguir descubriendolo, y que gracias a Dios esa experiencia se hace interminable, tanto como cada vez que le escuchemos.